Se dice que toma sólo 3 pasos para formar un hábito: un trigger, la acción y una recompensa.

Siempre me he considerado una persona positiva, entusiasta y alegre. Soy de esas personas que prefiere ver el vaso mitad lleno que mitad vacío. Sí tengo días malos, momentos en la vida en los cuales me cuesta mucho trabajo balancear todas las emociones que siento, pero al final del día, logro vivir la mayor parte de mi día con una sonrisa. ¿A qué se debe?

Nunca me había dado cuenta de que la felicidad es en realidad un círculo virtuoso; la felicidad, genera más felicidad. Así como dicen que con dinero es más fácil hacer más dinero: la vida de Warren Buffet lo comprueba, yo pienso lo mismo de la felicidad.

Piénsalo así. 

Cuando algo pasa en la vida, podemos siempre ver el lado negativo o bien, el lado positivo. Siempre hay un lado positivo a todo. Me cortó mi novia, lo bueno es que no voy a perder más tiempo con alguien que no quiere estar conmigo. Se me cayó el helado, lo bueno es que no voy a engordar. Choqué mi coche y fue perdida total, lo bueno es que estoy vivo y salí ileso. Perdí mucho dinero en mi primer negocio, lo bueno es que aprendiste mucho y no cometerás los mismos errores (o bueno eso espero, aunque eso es para otra historia). No tuve muchos likes en mi foto de Instagram, lo bueno es que ya se que a mi comunidad no le gustan las fotos de flores.

Si nos hacemos el hábito de afrontar situaciones de nuestra vida diaria, desde momentos banales hasta importantes tragedias, y les vemos el lado positivo, podremos sonreír, agradecer lo que tenemos y distanciarnos un poco de la situación para encontrar el debido peso del sentimiento. Una situación a la vez, viendo el lado positivo de las situaciones, terminamos reflexionando acerca de los hechos y sonriéndole a la vida. El resultado: endorfinas. Estudios demuestran que la felicidad se crea cuando hay mayor presencia de 4 químicos segregados por el cerebro: endorfinas, serotonina, dopamine y oxitocina, los cuales podemos incrementar a través de formas distintas y en este sentido, inducirnos la felicidad.

Se necesita ser feliz para ser feliz.

Hay otra capa del concepto de hábito que tiene que ver con lo que piensas. Los pensamientos también son hábitos, los cuales posteriormente se convierten en actos. Cuando estamos constantemente pensando en que es un mal día, vamos a encontrar cosas para comprobarnos a nosotros mismos que efectivamente, hoy es un mal día. Lo mismo pasa con los pensamientos positivos. Si nos formamos el hábito de permitirnos ser felices, de despertar por la mañana y agradecer el sol, el aire que respiramos, el desayuno que tenemos, nuestra familia, amistades, salud y nuestro hermoso cuerpo, tendremos como recompensa un sentimiento de bienestar y felicidad. Es más fácil construir felicidad sobre la felicidad. 

Ojo, todo esto no significa que no habrán sentimientos negativos, malos momentos y situaciones difíciles. Pero ante lo negativo, usa la estrategia del hábito para salir del momento. Te invade un sentimiento negativo, detente un segundo, analiza cuál es ese sentimiento, entiéndelo, llega al fondo del mismo, cuestiónate por qué, pon las cosas en perspectiva y encuentra lo positivo de la situación, lo que sí te saca una sonrisa y quédate ahí. Listo, acabas de iniciar el camino hacia el hábito de ser feliz. 

El trigger: cualquier emoción. 

La acción: análisis a profundidad para poner las cosas en perspectiva.

La recompensa: una sonrisa.


La palabra “hábito” es una palabra que hemos escuchado por años y que podemos darle un significado sencillo como: una rutina que repites tantas veces que después ya no te cuesta trabajo y la puedes realizar casi en automático.

Pero, ¿ porque si esto es tan sencillo nos cuesta tanto trabajo hacer o cambiar un hábito? Hay un estudio [1] que demuestra que solo el 8% de los propósitos de año nuevo se cumplen y el otro 92% se quedan como simples deseos, propósitos como; bajar de peso, dejar de fumar, hacer ejercicio, etc. Y esto se debe a que tal vez no sabemos cómo  funcionan los hábitos y cómo podemos eliminar viejos hábitos para poder introducir nuevos.

El en el libro del poder de los hábitos de Charles Duhigg nos explican que los hábitos siempre tienen 4 fases:

1- Señal o recordatorio.

2- Rutina.

3- Premio o recompensa.

4- Repetición.

En la vida cotidiana creamos hábitos de manera natural por lo que algunos de ellos son positivos y otros negativos.

Un ejemplo de un hábito positivo:

1- Señal: Me siento pasado de peso.

2- Rutina: Hacer ejercicio.

3- Recompensa: Si cumplo toda la semana un chocolate.

4- Repetición.

Un ejemplo de un hábito negativo:

1- Señal: Estoy en mi casa aburrido.

2- Rutina: Ver Series en TV.

3- Recompensa: ( no la planeas) ver tu serie favorita.

4- Repetición

Después de ver estos dos ejemplos lo que podemos resumir es que los hábitos son ciclos de actividades que se repiten. La diferencia entre un hábito positivo y uno negativo, es el propósito que tu tengas, ya que puedes crear hábitos negativos sin darte cuenta.

El poder de los hábitos en la vida personal y profesional de la gente puede tener un alto impacto, por eso es muy importante entender cómo funcionan y cómo podemos controlarlos para usarlos a nuestro favor como una herramienta cotidiana para lograr nuestros objetivos.

Es importante mencionar que no es recomendable querer cambiar todo al mismo tiempo, lo mejor que podemos hacer es ir creando hábitos de uno en uno, sin embargo hay hábitos fundamentales que nos pueden ayudar a cambiar varios hábitos si cambias uno.

¿Qué son los hábitos fundamentales?

Son los  que nos definen a cada persona, son sumamente importantes y por lograrlos podemos “sacrificar otras cosas” ó mejor dicho crear otros hábitos que complementan pero en realidad son nuevos. Un ejemplo:

Contexto: Es una persona que se está preparando para un evento deportivo, pero le cuesta trabajo ser constante con el entrenamiento porque nunca puede entrenar a la misma hora por sus horarios laborales, lo que le da como resultado faltar mucho y eso lo desmotiva para cumplir otras cosas que le pueden ayudar a su desempeño en la competencia.

1- Señal: Se frustra cuando no se organiza para entrenar.

2- Rutina: Ir a entrenar.

3- Recompensa: Comer un pedazo de chocolate.

4- Repetición

Hábito fundamental: Entrenar.

Habito 2: No fumar

Hábito 3: Dormir temprano

Hábito 4: Comer sano.

Como se puede observar en el ejemplo, cambiar un hábito para esta persona podría impactar otros 3 hábitos positivos que le iban a ayudar a lograr su objetivo.

En el libro de "Mini habits" de Stephen Guise, nos explica que al final la motivación y la ambición no son tan importantes para lograr el objetivo, como las decisiones que tomamos cada momento del día y la vida en el día día es la suma de todos los hábitos que tenemos y es importante estar conscientes de esto para analizar qué hábitos nos suman y cuáles no. A veces es difícil porque son todas las rutinas automáticas que hacemos todo el tiempo, como manejar, bañarnos, la forma en que comemos, etc. Los hábitos son herramientas muy poderosas que en todos los ámbitos marcan la diferencia de lograr los objetivos o no.

Te invito a que te analices por una semana a reconocer tus hábitos y definir si son positivos ó negativos para saber cuales quieres eliminar o modificar. Después hagas una lista de objetivos personales y profesionales y trates de reconocer que hábitos te podrían ayudar a llegar ahí. Si no te sientes seguro de tu propuesta de hábito a desarrollar puedes buscar en internet y hay una variedad interesante de artículos donde destacan los 3, 5, 10 hábitos de la gente más exitosa, de la gente más feliz, de los mejores deportistas, de emprendedores, de los mejores estudiantes,etc. Son propuestas de hábitos enfocados que vale la pena desarrollar para poder lograr nuestros objetivos.

[1] Estudio realizado por el Departamento de Psicología de la Universidad de Scranton —Pensilvania

Bibliografía:

Duhigg, Charles; The Power of Habit: Why We Do What We Do in Life and Business. Random House Trade Paperbacks, 2012. Print.

Bruchard, Brendon; High performance habits: How extraordinary people become that way.  Hardcover, 2017.

Guise, Stephen; Mini habits: Smaller habits, bigger results.

Un hábito es una rutina que se repite de manera regular y que tiende a ocurrir de manera inconsciente. Los hábitos son muy simples, y sólo constan tres partes: la señal, la realización del hábito y el premio [1]. La señal es lo que nos indica que debemos realizar la rutina, por ejemplo cuando nos levantamos en la mañana y nos preparamos el café. La rutina es el hecho de preparar el café, y el premio es poder tomarnos el café.

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Los hábitos son importantes puesto que tienden a convertir tareas tediosas o aburridas en actividades que realizamos de manera automática, por lo que reducen el esfuerzo que nos lleva hacerlas. Hay hábitos buenos, como el de hacer deporte, y hábitos malos, como fumar. Además debemos saber que al igual que se pueden crear nuevos hábitos, también podemos romper hábitos malos [3]. En este post nos centramos en hábitos de gente exitosa que puedes usar para mejorar tu propia vida, ya sea desplazando hábitos malos, o creandolos de cero.

Albert Einstein's travel diary
Extracto del diario de Albert Einstein en el que escribió sus vivencias en Estados Unidos entre 1930 y 1931.

1. Lleva un diario personal

Einstein, Marie Curie, Darwin, Edison... y otras muchas personas exitosas decidieron apartar una parte de sus días para reflejar sus pensamientos en un diario. Muchísima gente se plantea escribir un diario, y varios lo intentan, pero al cabo de unos días terminan dejándolo porque no le dan suficiente tiempo para que se convierta en un hábito. Sin embargo, sabemos que escribir un diario tiene muchos beneficios. [4]

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2. Bebe agua

Beber agua sólo cuando tienes sed no suele ser suficiente, por eso deberías trabajar en hacerlo un hábito. Beber agua tiene incontables beneficios para la salud, por lo que todo el mundo debería crear el hábito de tomar entre 2 y 3 litros al día. Para ello lo mejor es aprovechar cierta señal para tomar un vaso, por ejemplo, si estamos en una oficina, cada vez que nos levantemos de la silla. Después de tomar el agua debemos recompensarnos de alguna manera, por ejemplo, haciendo una rayita en un cuaderno en el que llevemos el registro de los vasos de agua que tomamos al día. Aunque este premio nos parezca muy pequeño, es posible que sea suficiente para crear un hábito, ya que sentimos cierto grado de realización cada vez que hacemos una nueva rayita o las revisamos al final del día.

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3. Haz deporte

Es conocido que las enfermedades cardiovasculares son una de las principales causas de muerte en la mayoría de las sociedades modernas. Pero además, hoy en día sabemos que una vida sedentaria tiene efectos negativos también en la salud mental de las personas [5]. Por esta razón, convertir en un hábito el hacer deporte puede ser una de las decisiones que mayor impacto tenga en nuestras vidas.

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4. Levántate temprano

Estudios han demostrado que la gente que madruga no es sólo más optimista y proactiva, sino que son capaces de anticipar problemas y mitigarlos de manera más eficiente. [6]

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5. Sé agradecido

La mayoría de estudios encuentran algún tipo de correlación entre ser agradecido y el bienestar de las personas [7]. Y aunque a priori parezca que ser agradecido tiene que ser un acto consciente, en la mayoría de los casos podemos hacer que se convierta en un hábito. Podemos tratar de detectar todas las señales que pueden llevarnos a decir gracias, por ejemplo, siempre que recibamos algo debemos decirlo, aunque sea algo tan simple como cuando nos entregan cambio en el Oxxo. Y ser agradecidos también debe ser un acto de introspección, por ejemplo, podemos incluir el hábito de dar las gracias en el hábito de escribir el diario, y dedicar la primera frase a dar las gracias por las cosas buenas que nos han ocurrido a lo largo del día.

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6. Medita

La meditación es una actividad que lleva siendo aplicada de alguna u otra forma durante miles de años, y aunque generalmente se asocia más con la cultura oriental, también está presente en el Antiguo Testamento [8]. Y si esta técnica ha sobrevivido milenios es porque tiene un impacto positivo en la salud mental de las personas. [9]

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7. Lee

Lee libros, lee blogs, lee Twitter, lee Facebook, lee el envase del champú, lee cualquier cosa, pero lee. Leer es la forma más eficiente de aprender nuevos conceptos, de evolucionar a nivel personal, de conocer nuevas culturas, de conocer  cómo piensan otras personas. Y si no consigues hacer de leer un hábito, escucha audiolibros, escucha podcasts, ve documentales...

Resumen

Si consigues introducir en tu vida algunos de estos hábitos después de un tiempo podrás echar la vista atrás y ver cómo tu bienestar ha incrementado. Recuerda que los hábitos no se crean de un día a otro, y que es necesario respetar la estructura de señal, hábito y recompensa, por lo que además de ser constante, trata de identificar muy bien las señales, y sé justo con las recompensas. Y por último, todas las personas somos distintas, por lo que si a pesar de esforzarse no consigues que alguna de estas actividades se convierta en hábito, no te frustres, y céntrate en algún otro.

REFERENCIAS

Nota: En este artículo sólo se usaron las referencias que pudieran apoyar la narrativa, y se ignoraron los estudios que contradecían lo dicho. La mayor parte de los estudios referenciados usa una muestra demasiado pequeña para poder sacar conclusiones contundentes, y es posible que no se puedan replicar. 

[1] Duhigg, Charles; The Power of Habit: Why We Do What We Do in Life and Business. Random House Trade Paperbacks, 2012. Print.
[2] Butler, Gillian; Hope, Tony. Managing Your Mind: The mental fitness guide. Oxford Paperbacks, 1995. Print.
[3] Suzanne LeVert, Gary R. McClain (2001). The Complete Idiot's Guide to Breaking Bad Habits. Alpha Books.
[4] Hiemstra, R. (2001). Uses and benefits of journal writing. In L. M. English & M. A. Gillen, (Eds.), Promoting journal writing in adult education (New Directions for Adult and Continuing Education, No. 90, pp. 19-26). San Francisco: Jossey-Bass.
[5] Physiological and health implications of a sedentary lifestyle Mark Stephen Tremblay, Rachel Christine Colley, Travis John Saunders, Genevieve Nissa Healy, Neville Owen » Abstract Applied Physiology, Nutrition, and Metabolism, 2010, 35:725-740, https://doi.org/10.1139/H10-079
[6] Randler, Christoph. (2009). Proactive People Are Morning People1. Journal of Applied Social Psychology. 39. 2787-2797. 10.1111/j.1559-1816.2009.00549.x. 
[7] Sansone RA, Sansone LA. Gratitude and Well Being: The Benefits of Appreciation. Psychiatry (Edgmont). 2010;7(11):18-22.
[8] Christian spirituality: themes from the tradition by Lawrence S. Cunningham, Keith J. Egan 1996 ISBN0-8091-3660-0 page 88
[9] Harvard Medical School. Now and Zen: How mindfulness can change your brain and improve your health.

Pareja Savanna Pumé cazando en los llanos de Venezuela  (Fotografía de Russell D. Greaves)

Aunque hoy en día, en la mayoría de países del mundo damos por sentado que la semana laboral es de 5 días, esto no siempre ha sido así. La semana, ni siquiera lleva tanto tiempo siendo de 7 días. Por ejemplo, en el euskera, un idioma hablado en una pequeña región al norte de españa, lunes, martes y miércoles, se llaman astelehena, asteartea y asteazkena, que traducidos serían: principio de la semana, entre semana, y final de la semana, dando a entender que las semanas sólo tenían 3 días.

Los primero indicios históricos de la semana de 7 días vienen del judaísmo, del siglo VI antes de cristo. Por ejemplo, en la antigua Roma, cada 8 días se celebraba un día llamado nundinae, que era el día de mercado y en el que los estudiantes no tenían que ir a clase. Otro ejemplo curioso, es el del calendario chino, en el que ya desde la Edad de Bronce, los días se agrupaban en semanas de 9 o 10 días, conocidos como xún (旬), de forma que los meses se dividían en 3 xún. Japón también adoptó este sistema, varios cientos de años después, y también lo hizo Corea, con los nombres de jun (旬) y sun (순,旬) respectivamente.

Por lo tanto, antes de hablar de semanas de 3 días laborales, debemos entender cómo llegamos a las semanas de 7 días actuales, con uno o dos días festivos. El concepto moderno de semana y fin de semana comenzó en el Reino Unido, a principios del siglo XIX, y el fin de semana era un acuerdo voluntario entre los dueños de las fábricas y los trabajadores. Los patrones ingleses empezaron a permitir a los trabajadores salir a las 2pm el sábado, a cambio de de que estos llegaran sobrios y descansados el lunes.

Esto nos lleva a pensar que este día medio festivo adicional, además del domingo que ya disfrutaban, sirvió para aumentar la productividad, ya que de otra manera, hubiera sido difícil que los propios patrones fueran los que propusieran esta medida. Y esto es consecuente con las observaciones de que el trabajo esclavo tiene muy baja productividad [1]. De esto, podemos deducir que existe un límite superior a los días seguidos sin descanso que pueden trabajar las personas, y que a partir de cierto punto la productividad se vuelve negativa.

Llegados a esta primera conclusión, puede resultar interesante echar la vista aún más atrás, y lo que descubrimos puede sorprender al lector. Antes de que la especie humana desarrollara la agricultura, cuando toda la humanidad era aún cazadora-recolectora, el humano promedio trabajaba significativamente menos. Dos de los autores más respetados en la materia, Richard Borshay Lee e Irven DeVore, explican lo siguiente en su libro “Man the Hunter”:

Fue una sorpresa para muchos que incluso los cazadores “marginales” estudiados por etnógrafos realmente trabajaban pocas horas y explotaban fuentes de alimento abundante. Muchos de los grupos de cazadores vivían trabajando únicamente entre 2 a 4 horas al día y no se observaron ningún rasgo de las crisis que generalmente se le atribuyen a las sociedades cazadoras. [2]

Aunque existen distintas estimaciones, el consenso académico es que primero la agricultura y después la sociedad industrial incrementaron en gran medida el tiempo dedicado a trabajar. En este punto me gustaría recomendar Sapiens: A Brief History of Humankind de Yuval Noah Harari, quien ilustra el día a día de la humanidad en niveles pre-agrícolas.

Quizás lo más correcto sea ver el tema que estamos tratando desde una perspectiva socioeconómica, a un nivel muy macro, ya que al igual que existe un límite superior a la semana laboral también existe un límite inferior. Este límite inferior no aplica de manera individual, puesto que hay personas que nunca trabajan de manera formal en toda su vida. Sin embargo, este modelo de cero días laborales por semana no lo podemos extender a toda la sociedad porque esta colapsaría. Por lo tanto, debe existir un mínimo de días o de horas laborables que cada miembro de la sociedad debe aportar de media. Aquí entra un factor bastante subjetivo a la hora de determinar cuál es el nivel de producción mínimo que necesita una sociedad. ¿Sirve con que nadie muera de hambre, o debemos ir más allá y proveer una vida digna a cada uno de los miembros de la sociedad? Parece que en la mayoría de sociedades modernas, el mínimo lo establecemos en que todos los miembros puedan disfrutar de una vida “digna”, aunque luego definamos ese término de distintas maneras. Por lo tanto, podemos concluir que el número de días laborables en la semana deberá ser mayor al número de días necesarios para proveer un nivel de vida digno a cada uno de sus miembros.

Por lo tanto, empezamos a ver la relación entre días laborables y productividad, ya que sociedades más productivas, serán capaces de proveer ese nivel de vida digna trabajando menos días. Esto nos podría llevar a pensar que existe una correlación entre las horas trabajadas y el nivel de productividad de los países, sin embargo cuando miramos las estadísticas vemos que la correlación no es tan clara, puesto que existen países como Corea o Estados Unidos, que a pesar de tener niveles de productividad muy altos, también trabajan muchas horas en términos relativos. No obstante, no vemos el ejemplo contrario, países de baja productividad que trabajen pocas horas. Esto nos lleva a pensar que los países en desarrollo todavía no han llegado al nivel de productividad suficiente para empezar a reducir sus semanas laborales.

Por otro lado, también vemos que las semanas laborales tienen que ver con los derechos de los trabajadores. Los dos países arriba mencionados, Estados Unidos y Corea, no son conocidos como bastiones socialistas, y sabemos que el poder de los sindicatos es muy reducido. Más allá, también vemos que incluso en países democráticos, donde los trabajadores tienen relativamente bastante poder, como en Europa, existen leyes que limitan el número de horas y de días que pueden trabajar los empleados. Esto podría hacernos pensar, que si dejamos la decisión en manos de los patrones, éstos harían trabajar a sus empleados el máximo posible. Además, podemos asumir que los patrones desean maximizar su utilidad, por lo que la tesis de que se puede producir lo mismo o más trabajando menos horas parecería contraria a cómo lo ven los patrones.

Si recapitulamos, vemos que tenemos un mínimo de días laborables establecido por la producción mínima para dar una vida digna a todos los miembros de la sociedad, un máximo, determinado por la fatiga que podría producir trabajar día tras día sin ningún descanso. Y además tenemos dos fuerzas, los empleados, que desearían trabajar menos días y los patrones que prefieren que los empleados trabajen más días.

Si miramos la literatura científica, veremos que hay estudios que indican que disminuir el número de horas trabajadas aumenta la producción [3] y otros que apuntan que a pesar de la caída de la productividad la producción total aumenta a medida que aumentan las horas trabajadas [4]. En este aspecto, sabemos que en la mayoría de las jurisdicciones hay un costo fijo asociado a contratar un trabajador, por lo que si un trabajador cuesta 100 a la empresa, dos trabajadores que trabajan la mitad de horas no cuestan 100 (50+50) sino 120 (60+60). Por esta razón, en general, los patrones prefieren que sus empleados trabajen más en lugar de contratar más trabajadores. Sin embargo cada empresa es un mundo: la cultura, los sueldos, la productividad… difieren en gran medida de una empresa a otra, incluso entre dos empresas situadas una junta a la otra.

Debido a esta diversidad, creo que es difícil encontrar una medida que sirva para todo el mundo. Siempre y cuando no exista esclavitud, y las sociedades tengan los incentivos adecuados para que todos sus individuos puedan tener un nivel de vida digno, considero que cada empresa y cada sociedad debería encontrar su propio punto de equilibrio. Para tomar esta decisión la ideología juega un papel muy importante, porque mientras algunas sociedades deciden resolver la ecuación de horas trabajadas para maximizar las horas de ocio de los trabajadores, otras sociedades preferirán maximizar el crecimiento económico.

En mi opinión las sociedades no deben imponer una posición u otra a las empresas, y deberían dejar en manos de los patrones la decisión de cuántas horas deberían trabajar sus empleados. Para ello es muy importante que existe la suficiente flexibilidad laboral, para que los empleados puedan rechazar aquellos trabajos que consideren demasiado demandantes, y por lo tanto los patrones tengan que reducir los requerimientos. Al igual que los sueldos son parte de la negociación, las horas, días y condiciones de trabajo también deben formar parte de la negociación, por lo que si tanto el patrón como el trabajador están felices con una semana laboral de 3 días, nada debería impedir poder llegar a este acuerdo.

[1] TY - JOUR T1 - The Low Productivity of Southern Slave Labor: Causes and Effects A1 - Genovese, Eugene D. JF - Civil War History VL - 9 IS - 4 SP - 365 EP - 382 PY - 1963 PB - The Kent State University Press SN - 1533-6271 UR - https://muse.jhu.edu/article/415528 N1 - Volume 9, Number 4, December 1963 ER  Sci-Hub: https://sci-hub.tw/https://muse.jhu.edu/article/415528/pdf

[2] Lee, R., DeVore, I. (1968). Man the Hunter. New York: Routledge. Capítulo 4: What Hunters Do for a Living, or, How to Make Out on Scarce Resources https://www.taylorfrancis.com/books/e/9781351507462/chapters/10.4324%2F9780203786567-6

[3] Marion Collewet, Jan Sauermann, Working hours and productivity, Labour Economics, Volume 47, 2017, Pages 96-106, ISSN 0927-5371, https://doi.org/10.1016/j.labeco.2017.03.006.  http://ftp.iza.org/dp10722.pdf

[4] H. Randolph Thomas, Karl A. Raynar, Scheduled Overtime and Labor Productivity: Quantitative Analysis,1997, Journal of Construction Engineering and Management, 181-188, 123, doi:10.1061/(ASCE)0733-9364(1997)123:2(181) https://ascelibrary.org/doi/abs/10.1061/(ASCE)0733-9364(1997)123:2(181) Sci-Hub: https://sci-hub.tw/https://ascelibrary.org/doi/abs/10.1061/(ASCE)0733-9364(1997)123:2(181)

Todos los días llevamos a cabo acciones y actividades que no requieren toda nuestra atención, sino que por el contrario las realizamos por nota e inconscientemente: tomar café diariamente, hacer ejercicio o revisar el celular por la mañana son situaciones que ocupan nuestro tiempo sin que nosotros estemos conscientes de ello y para las que el cerebro ha reservado un espacio con el objeto de evitarnos gastar energía cuando las realicemos. Estas acciones reciben el nombre de hábitos y estos se encuentran tan incrustados en la personalidad y en la vida diaria que identificarlos no es una labor sencilla, incluso se pueden adquirir algunos nuevos sin que se note que hay una forma reciente de actuar respecto a diversos factores que se presentan en la cotidianidad. En su conferencia “The power of habit”, Charles Duhigg los define como decisiones que se toman en determinados momentos para ciertas situaciones y que, en ocasiones posteriores, ante igualdad de condiciones, se dejan de tomar para solamente actuar de la misma manera en la que se hizo previamente; además indica que existe un ciclo consistente en una señal que activa una rutina y para la cual siempre existirá una recompensa que será la que de perdurabilidad a este ciclo.[i]

Basado en lo anterior es posible considerar que los mismos parámetros utilizados para estudiar los hábitos personales son aplicables a los que como sociedad desarrollamos y que tienen implicaciones directas en la realidad diaria de nuestro ámbito profesional. En este sentido me gustaría repasar dos hábitos sociales mexicanos que experimentamos día con día y que, a mi parecer, constituyen un lastre anacrónico que imposibilita que alcancemos los niveles de desarrollo necesarios para el bienestar de todos: la educación y la cultura del esfuerzo.

Respecto a la educación, históricamente los hábitos nacionales han estado enfocados a memorizar los contenidos y dogmas que se aprendían en los colegios sin que se fomentará en los alumnos la capacidad de crítica y análisis que los problemas del país requieren. Dado lo anterior, la sociedad mexicana de hoy en día es una que está más acostumbrada a repetir viejas consignas nacionalistas, a tener una postura maniquea de los personajes que han marcado agenda en la historia, y a no estar dispuestos a afrontar los cambios que México necesita para poder darle viabilidad a las futuras generaciones. Haciendo el análisis con las premisas propuestas por Duhigg, la rutina consiste en ir a la escuela a memorizar teniendo como recompensa que no habrá necesidad de realizar mayor esfuerzo para entender variables complejas que se presentan en el día a día, sino que todo simplemente se solucionará repitiendo las viejas consignas a las que se está acostumbrado.

El segundo factor es la falta de hábito que existe a la cultura del esfuerzo, o dicho de otra manera, el hábito a la ley del mínimo esfuerzo. En varios ámbitos dentro de México cuesta mucho trabajo entender la importancia de proyectos a largo plazo que requieren planeación, dedicación y disciplina; los hábitos que existen son enfocados a soluciones de corto plazo, enfocadas más a paliar problemas que a dar soluciones de fondo a grandes retos. (Ejemplos de lo anterior son particularmente observables en las decisiones gubernamentales)

La inercia del país respecto a los dos hábitos mencionados anteriormente ha resultado muy difícil de romper durante el periodo de implementación de las llamadas reformas estructurales emanadas del “Pacto por México” y dicha resistencia se ha acentuado debido a que no existe una recompensa en general que logré alinear los hábitos de los mexicanos. Sucede lo mismo que los consumidores potenciales de cierto producto aromatizante para Procter & Gamble, en donde los primeros no consumen el producto debido a que creen que, aunque es muy bueno, ellos no lo necesitan. Por el mismo camino, la mayoría de la gente en México no cree necesitar los cambios que se están implementando y no están dispuestos a participar en ellos. Sin embargo, ciertos experimentos nos dan la pauta de que es necesario alinear las recompensas de la población para que la gente modifique sus hábitos.

En particular me gustaría citar el estudio “How to get addicted to good habits”[ii] de Reshmaan Hussam, profesora de Harvard, en donde ella y su equipo realizaron ciertas intervenciones en una población en la India para ver si era posible que la gente adoptará buenos hábitos tal como lavarse las manos. Para lo anterior, establecieron ciertas características que dieran una base sólida de partida y ser medianamente aceptados en la población, como que el jabón hiciera espuma (sensación de limpieza) y que no fuera muy perfumado (la gente comía con las manos y los olores se podían mezclar). Los resultados consistieron en que la gente era capaz de adoptar hábitos si se establecían dos variables fundamentes: monitoreo y recompensas económicas. Pero lo más importante es que respecto al factor económico, este sólo fue un aliciente temporal para que la gente se lavara las manos. De hecho, dado que se otorgaban boletos con valor económico por lavarse las manos a un grupo, se observó que el impacto en el hábito deseado de dar entre cero y un boleto era enorme pero que el impacto marginal a partir de tres boletos era muy pequeño. Más aún, el hábito continuó incluso después de que se dejaron de dar los boletos debido a que los beneficios para la salud de lavarse las manos antes de probar alimentos eran palpables.

Regresando a los dos hábitos mexicanos enunciados anteriormente, el identificarlos es inútil si no se plantea solución alguna que permita alinear los objetivos para modificar las recompensas existentes para esos fenómenos; aún más, plantear soluciones no servirá de nada si no somos capaces de implementarlas en la sociedad y dotarlas de una estructura que les permita su supervivencia a lo largo del tiempo. Estoy convencido de que esa recompensa en la sociedad mexicana pasa más por alinearla que por inventarla, por tener el liderazgo con estatura moral que logré aterrizarla a la población en general y mantener la estructura que se ha venido construyendo a lo largo del tiempo: es importante analizar en donde estamos posicionados en México y buscar la recompensa que nos permita mantenernos en este hábito.

Gary S. Becker y Kevin Murphy desarrollaron el concepto económico de Adicción Racional, en el que la racionalidad consiste en un plan para maximizar la utilidad a lo largo del tiempo y en donde una fuerte adicción a un bien es propiciada por efectos muy grandes de consumos anteriores de dicho bien en el consumo actual. A lo anterior nos deben de conducir los buenos hábitos sociales para que se configure un circulo virtuoso en que se pueda siempre caminar hacia adelante. Y mientras tanto nos corresponde como individuos y profesionistas contribuir al desarrollo de esos hábitos sociales desde nuestro día a día entendiendo a fondo lo que hacemos, desarrollando ideas que generen valor agregado en el largo plazo y cuyos beneficios puedan ser permeados tanto a la sociedad como a las personas que junto a nosotros pueden comenzar a realizarlas. En un podcast para Harvard Business Review, Duhigg afirmó que el éxito de una compañía está definido por los hábitos que surgen al interior de ella más que por la estrategia corporativa misma[iii]; es por esto último que sostengo que los cambios deben de llegar desde dentro de la sociedad, buscando nosotros esos impactos exponenciales que da el ir sumando nuevos integrantes que a su vez integrarán a otros más a este círculo virtuoso.

[i] Duhigg, C. (2012) El poder de los hábitos. Barcelona: URANO.

[ii] Nobel, C. (2018). How to Get People Addicted to a Good Habit. Harvard Business Review. Recuperado 29 de Marzo de 2018. https://hbswk.hbs.edu/item/how-to-get-people-addicted-to-a-good-habit

[iii] Fox, J. (June 2012). Habits: Why we do what we do. Harvard Business Review. Recuperado 29 de Marzo de 2018. https://hbr.org/2012/06/habits-why-we-do-what-we-do

¿Alguna vez te ha ocurrido subir al coche, arrancar y llegar a tu destino sin siquiera saber cómo llegaste? No te preocupes no eres al único al que le sucede y el culpable no eres tú, son tus hábitos.

En el maravilloso libro “El poder de los hábitos” del autor Charles Duhigg, el cuál creo que todos deberían leer en algún punto de sus vidas (cuanto antes mejor), nos hablan de las implicaciones de nuestros hábitos en nuestro comportamiento día a día.

El hábito es aquel comportamiento cotidiano que realizas sin saber que lo estás realizando, es cuando tu cerebro decide “ahorrarte espacio” para liberarte de cargas y presiones por medio de la automatización. Es cuando despiertas y en automático entras a la regadera, te lavas primero el cabello, después el cuerpo sin cambiar el orden y esto sucede porque siempre lo has hecho así, el cerebro lo ha detectado y ha decidido ayudarte con esta decisión que considera irrelevante como para que tú le dediques tiempo. Lo mismo pasa al cepillarnos los dientes, colocar la pasta dental en el cepillo y comenzar por el lado derecho superior siempre (en mi caso), izquierdo y después abajo, para repetirlo después una y otra vez. Como estos tenemos miles de ejemplos de hábitos personales y estoy seguro de que ya estás pensando en ellos en este momento.

A lo largo de tu vida has ido adquiriendo más hábitos y esto se debe a algo llamado “El bucle del hábito”. Advertencia, suena como si el cerebro fuera tu aliado, pero no siempre lo es (risa malévola de fondo). Ahorrar esfuerzo mental es engañoso, porque si nuestro cerebro descansa en el momento inadecuado, puede que pasemos por alto algo importante, como un coche que viene demasiado rápido o un peatón imprevisto.

Tomemos un ejemplo del libro para entenderlo mejor; a principios de 1990 investigadores del MIT realizaron un experimento compuesto por un chocolate, un laberinto y una rata. A la rata se le implantó algo similar a un “joystick” y docenas de cablecitos insertados en su cerebro. Después se le colocó detrás de una compuerta en el laberinto con forma de T y al final como recompensa se hallaba un chocolate.

Se escuchaba el “clic” de la compuerta abriendo y las ratas comenzaban su trayecto. Las primeras veces les tomaba mucho tiempo hallar el premio, divagaban por el pasillo hasta llegar al final de la T y doblaban en el sentido erróneo. Después de varios intentos, ya cuando conocían la dinámica y sabían en dónde se encontraba la recompensa, su cerebro operaba de modo automático. Los estudios arrojaron la siguiente información del comportamiento cerebral durante la actividad:

Últimos ejercicios

Primeros ejercicios

 

 

 

 

 

 

Las primeras veces el cerebro trabajaba al máximo para dar con la recompensa olfateada, sin embargo, después de semanas de práctica la actividad se redujo porque la rata estaba familiarizada con la actividad y había dado permiso a su cerebro de trabajar automáticamente.

En cuanto escuchaba el clic, sabía que habría una recompensa y en automático se dirigía al premio.

El bucle del hábito

Todo esto en conjunto desarrolló lo que se conoce como “El bucle del hábito” y éste específicamente se encuentra en nuestros cerebros en los Ganglios Basales (estructuras neuronales situadas dentro de cada hemisferio cerebral).La señal es el detonante que informa al cerebro que puede ponerse en piloto automático y el hábito que ha de usar. La rutina, que puede ser física, mental o emocional es el segundo paso del bucle y por último tenemos la recompensa, que ayuda al cerebro a decidir si vale la pena recordar en el futuro este bucle en particular.

Un componente adicional que se encarga de alimentar el bucle del hábito es el deseo. El deseo es lo que hace que las señales y las recompensas funcionen. Y para poder identificar un deseo necesitamos primero lograr identificar los detonantes. Aquí es en donde entra el poder del hábito, los hábitos son tan poderosos porque crean deseos neurológicos.

Afortunadamente los hábitos se pueden modificar. Para cambiar un hábito es necesario conservar la señal y la recompensa, lo único que se debe hacer es insertar una nueva rutina. Por lo tanto si quieres cambiar un hábito tu primer tarea será identificar la señal, pongamos el ejemplo de un alcohólico quien en momentos de presión recurre al alcohol. La señal en este ejemplo serían los momentos de estrés, la rutina sería ingerir bebidas alcohólicas y la recompensa sería la liberación de estrés o presión. En esta situación en específico se debería reconocer que el objetivo principal del hábito es huir de la situación que está provocando el estrés o la presión por lo tanto se tendrá que modificar la rutina y reemplazarse por una nueva como bien podría ser realizar ejercicio. Varios estudios demuestran que al ejercitarnos liberamos endorfinas y reducimos niveles de estrés.

Tanto para empresas como para individuos existen los hábitos, lo único que cambia es el término que se emplea. Las personas tienen hábitos mientras que los grupos tienen rutinas.

Ahora que conocemos cómo funciona un hábito y sus componentes, además de agregar el deseo, muchas veces es necesario añadir a la “receta” convicción. Convencernos a nosotros mismos de que el cambio es necesario, recordar las razones por las que queremos modificar un hábito.

El último ingrediente que puede ayudarnos a modificar un hábito es la Fe y no en sentido religioso. La Fe es el ingrediente que hace que el bucle del hábito se convierta en una conducta duradera. La Fe parece ser esencial a la hora de reemplazar un hábito y que mejor que una comunidad para crear Fe ya que es más fácil generarla cuando se produce dentro de una comunidad.

El éxito detrás de varias empresas como 54D, 8W, 14K, Rbk60 y hasta el mismo alcohólicos anónimos, se centra en la comunidad como fortaleza para modificar un hábito. El cambio ocurre cuando estás con otras personas, se torna más claro cuando lo aprecias en los ojos de los demás. Es increíble el poder de un grupo para provocar cambios.

Para concluir me gustaría compartir un ejercicio propuesto por Duhigg. Semanalmente el autor nos recomienda proponernos las metas que queramos alcanzar a lo largo de la semana por medio de la siguiente frase: “Mis metas para esta semana son:”.

La importancia del ejercicio se centra en que la fuerza de voluntad no es solo una habilidad, hay que verlo como un músculo que al igual que los brazos y las piernas, se cansa cuando trabaja duro y por lo tanto le queda menos fuerza para hacer otras cosas. Cuando una persona refuerza sus “músculos” de fuerza de voluntad en un aspecto de su vida (ej:ejercicio), se afecta positivamente todo lo demás. Los buenos hábitos parecen extenderse en otros aspectos de su vida.

Por estas razones hay que diseñar deliberadamente los hábitos de fuerza de voluntad, hay que diseñar rutinas (pasos) para seguir adelante cuando los músculos de la fuerza de voluntad empiecen a flojear.

Para comenzar a transformar nuestras vidas, me parece muy importante que nos preguntemos porqué hacemos las cosas y si algo no nos gusta, estar conscientes de que los cambios son posibles cambiando nuestras rutinas. Un hábito se comienza a hacer cuando se practica algo por 21 días seguidos, así que los invito a reflexionar sus “clic’s, rutinas y recompensas” y a hacer las cosas de manera más consciente.

Duhigg, C. (2012) El poder de los hábitos. Barcelona: URANO.

GT 15 Inequality

La inequidad monetaria no es un problema de los últimos tiempos lleva existiendo con mayor o menor severidad desde hace varios siglos, pero cobra relevancia, sobre todo, en épocas de cambios y de propagandas políticas. No tengo intención alguna de involucrarme en ese lodazal embarrado de individualismos, egos y mentiras (de todos y cada uno de los lados), si no que busco con este artículo abordar el tema desde una perspectiva constructivista, sensata y alineada con el futuro que ya empezó.

Creo que este tema es tremendamente relevante porque si seguimos pensando que los cambios van a venir de quien esté en el poder, de cambios en la política de impuestos, de redistribuciones, de un gran “borrón y cuenta nueva”, de defender a capitalistas, de proteger las fortunas heredadas, seguiremos generando más odio y división, cómo si el mundo no estuviera ya indigesto de las mismas.

Más allá de estar de acuerdo con una u otra de las propuestas, creo que la respuesta yace en todas. En unas con voz fuerte y preponderante, en otras como un susurro secundario, pero si en algo estamos todos de acuerdo, es en que una de las soluciones y aquella en la que yo fervientemente creo, es el cambio educativo.

La diferencia de oportunidades, contactos, conocimiento y desarrollo de habilidades son, por lo bajo, una de las raíces fundamentales del problema y como menciona Mc Closky (1), la batalla no debiera estar en bajar a los que están “arriba”, sino en dar las herramientas, el conocimiento y las “capacidades” necesarias a los que han estado económicamente en desventaja para que tengan la misma oportunidad que todos de “subir”.

Para poder contextualizar mi propuesta debemos tomar en cuenta el momento histórico en el que nos encontramos. Es real que hoy existe una diferencia importante entre los que tienen mucho y los que tienen poco (hablando de dinero y activos, para no enredarnos con una perspectiva más filosófica de lo que es “tener” ... aunque me encantaría). Es real que no hay igualdad de oportunidades y que se favorece a los que ya tienen. Es también real que la tecnología está avanzando exponencialmente y que está tendiendo a la democratización.

Es real que la educación tradicional está obsoleta y que las enseñanzas impartidas no solo no están preparando a las generaciones que vienen para el mundo incierto y cambiante, sino que acentúa el problema de inequidad del que estamos hablando al promover el individualismo por sobre lo colectivo, la rivalidad sobre la colaboración, la rigidez por sobre la innovación.  No solo se está equilibrando pobremente el contenido, sino que además se imparte inequitativamente según la zona en la que se viva o el dinero que se posea.

Ivan Illich (2) lleva diciendo desde los años 70’s que las escuelas (tradicionales) limitan a las personas viviendo en pobreza a tomar control de su propio aprendizaje... que la escolarización obligatoria inevitablemente polariza a la sociedad y clasifica a las diferentes naciones de acuerdo a un sistema internacional de castas.

Si bien Piketty, Topel y Murphy tienen argumentos diferentes frente a la inequidad, todos concluyen que se debe invertir en el capital humano, mejorar el desarrollo de habilidades y fomentar una mejor educación. (Howard R. Gold, 2015) (3). Aquí concuerdo plenamente y creo que donde vale la pena detenerse, es en el tipo de educación que se debe impartir para generar ese cambio. Puesto que no solo es lograr que todos tengan acceso a “una” educación, ni que todos puedan costear una “educación superior”. El tema más relevante aquí, es en QUÉ va a consistir esa educación. Qué se les va a enseñar, o más alineado a lo que pienso del ser humano, de qué manera vamos a permitir y guiar el desarrollo del potencial que ya poseen intrínsecamente todas las personas.

Utilizando los términos de los que habla McCloskey en su artículo, quisiera ahondar en la igualdad, libertad y justicia desde el enfoque educativo.

Empecemos por igualdad. Propongo que en vez de centrarnos en que todos aprendan lo mismo, al mismo tiempo y en el mismo lugar y llamar a eso igualdad de oportunidad, ofrecer, en vez, un “espacio de aprendizaje” que permita a las personas fluir desde su propia curiosidad y capacidad creativa. No imponer, facilitar. Enseñar el importante lenguaje de la tecnología y el cómo usarla para maximizar el potencial, pero sobretodo enseñar sobre la propia humanidad, la fuerza de la colectividad y la conectividad, impulsar hacia la pericia en el autoconocimiento, generar pensadores críticos y curiosos que sepan reconocer sus fortalezas y se sepan “ver” en los demás. Esto último es fundamental para el desarrollo de la empatía, el fomento del trabajo con los demás y la eventual posibilidad de vernos en igualdad ante la ley y en igualdad en nuestra dignidad social lo que, a su vez, como menciona McCloskey potencia la creatividad y maximiza la energía de las personas mientras nos permite vivir en armonía.

Hablemos ahora de libertad, que la educación ofrezca libertad para cuestionar, libertad para crear, libertad para escoger de qué manera y en qué formato quiero aprender, sobre qué tema quiero explorar y qué camino quiero tomar para adquirir más conocimientos. Libertad para escoger si quiero aprende sentado, de pie o en movimiento. Libertad de escoger de quién quiero aprender. Esto no se consigue con instituciones cerradas sino con espacios abiertos, con el uso de la tecnología, el libre acceso a información, a cátedras y a pláticas inspiradoras. Con la posibilidad de intercambiar ideas, argumentarlas, desarrollarlas y enriquecerlas con la visión de los demás. Se consigue con personas que saben facilitar en vez de dictaminar, permitir en vez de manipular, guiar en vez de imponer.

Pero la libertad sin el fomento del pensamiento crítico y sin la enseñanza y confianza para la autogestión tampoco nos llevan muy lejos. Debemos infundir seguridad en las personas al bien venir las diferencias, al no discriminar (ni por género, capacidades, color, raza ni religión), al ver las pequeñas o grandes diferencias como sellos personales que nos hacen únicos y que nos permiten aportar desde visiones diferentes.

En cuanto a la justicia, es solo “justo” que este tipo de educación y de libertad de aprendizaje sea accesible a todos, independiente del estrato social y el lugar donde se viva. El aprendizaje humanizado y de calidad debiera ser un derecho inherente puesto que todo ser humano posee la misma dignidad y tiene el mismo derecho a potenciar al máximo sus habilidades y oportunidades.

El resultado de este tipo de educación se traduciría en seres humanos seguros de sí mismos, conocedores de sus emociones, sus miedos y sus diferentes tipos de inteligencia (mental, emocional y visceral), el cómo acceder a ellas e interpretarlas. Seres humanos empáticos y respetuosos de su libertad y de la de los demás, seres humanos colectivos y colaboradores, críticos y creadores. Conscientes de lo que los rodea, de las consecuencias (positivas o negativas) de los actos y de los beneficios de un bien común.

Esto no solo debiera ser posible, sino replicable y llevaría inequívocamente no solo a una disminución de la inequidad, sino también a un aumento del bienestar general y una mejor calidad de vida que ya no se reserva a unos cuantos, sino que se posibilita como un derecho a “unos todos”.

Allen en su libro “Educación y Equidad” (4), argumenta que la educación juega un rol fundamental en el cultivo de la equidad política y social y en la justicia económica. Su enfoque humanista propone reorientar la trayectoria educativa hacia alistar a los estudiantes para vivir como ciudadanos democráticos, entendiendo democracia como una forma de convivencia social en la que los miembros son considerados libres e iguales.

Las ideas liberales son las que nos permitirán re-construir, re-volucionar, re-crear, re-nacer. Si seguimos intentando las mismas prácticas esperando resultados diferentes, estamos destinados a seguir fracasando.

 

Alejandra Costa P. (Gamma)

 

Referencias:  

1) McClosky (2016) https://www.nytimes.com/2016/09/04/upshot/the-formula-for-a-richer-world-equality-liberty-justice.html?_r=0

2) Danielle Allen (2016) “Education and Equality”

3) Howard R. Gold (2015) http://review.chicagobooth.edu/magazine/spring-2015/how-piketty-is-wrong-and-right

4) Ivan Illich (1970) “Deschooling Society”

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